EL Kid y yo tenemos una relación particular.
“Vos y yo, no hacemos más que saludarnos ultimamente” lo intimo, después del consabido
“Hola, vos todo bien?” de msn de casi todos los días.
A Kid me lo presentaron en una fiesta paqueta y cool, con pileta iluminada y velas y macetones de terracota.
Kid es suave, de campo, guapazo, enorme para mí. Casi dos metros de ternura. Creo que nos besamos recién en la cuarta cita, bailando lento, dandonos la mano.
Chapado a la antigua, lo que le dicen, en todos los sentidos de la palabra.
Se me pegoteó enseguida, me extrañaba si se iba al campo, me mandaba mensajitos como
“estoy pensando en lo linda linda y divina divina divina que sos”. Así, de fresco, de chiquito, de sincero.
Todo lo simple que nos resultó acostumbrarnos a estar juntos fue directamente proporcional a los contratiempos que tuvimos cuando decidimos dejar de lado los sillones, los bares y butacas de cine y pasamos a la alcoba. Silencios incómodos, ganitas incompletas, el no saber si le digo o no le digo, si lo indago, si/no.
Me quedé con ganas de decirle cosas, de esas que no se dicen porque todavía es muy pronto. Loco que un
“me gustás Brishi, quiero estar adentro tuyo” sea mucho más acertado en el limbo de
“salidores-no-novios” que decir
“me gustás Kid, ya estás adentro mío”. Sutil, la diferencia, pero tan enormemente lejos uno del otro.
Así nos fuimos alejando un poquito, el summer love duró lo que el summer. Y lo caliente no era justamente nuestro fuerte. Le Kid viajó y así nos fuimos olvidando de las interminables noches tomando Corona, de ir manejando de la mano, de abrazos en el balcón de su piso compartido y de noches apenas tibias cuando la ola de calor azotaba Buenos Aires.
Entonces, ahora queda el saludo casi diario por el mensajero de Windows y besos por celular.
Ups. Mail income.
“Vamos al cine hoy? Tengo ganas de verte otra vez. Kid.”
Es oficial: estamos de regreso, Le Gran Kid y yo.